¿Cuándo fue la última vez que te divertiste?

Muchas veces el día a día nos hace correr de un sitio para otro, tenemos todas las horas ocupadas sin hueco para la diversión. Sin un momento para reír, para disfrutar de las pequeñas cosas.

Estamos ante una de las generaciones mejor formadas a nivel intelectual, nuestros hijos tienen el mundo al alcance de un click. No necesitan que en casa se les “introduzca” más información.

Necesitan momentos de diversión pura, diversión imperfecta. Estoy cansada de escuchar lo contentos que van los niños a clase de inglés, francés e incluso chino. Con estas clases alcanzarán una pronunciación perfecta, sabrán un montón de vocabulario. Pero, ¿sabrán conversar?

Hablemos con nuestros hijos, en el idioma del corazón. Escuchemos sus problemas, porque también los tienen. Su vida no es perfecta, igual que la tuya.

Un paseo por la naturaleza, una conversación que empieza hablando de una flor silvestre puede terminar en una enseñanza que les dure toda la vida. Pero para eso tenemos que aceptar que nuestros hijos no son perfectos, y quitarnos la culpa porque no lo sean.

Sí, ha salido el gran tema: “la culpa”. Esa mala compañera de viaje, que nos hace correr por el mundo para alcanzar un ideal de perfección que nos ha impuesto una sociedad consumista, una sociedad de la imagen, una sociedad que busca la perfección en el más pequeño gesto. Las imágenes de las redes sociales presentan madres perfectamente peinadas y arregladas, que no tienen una ojera. Que están sentadas en una mesa decorada hasta el último detalle. Junto a unos niños sonrientes y amorosos, en ocasiones vestidos de un blanco impoluto. Lo siento pero yo no quiero esa foto, en mi foto hay ojeras, manchas de chocolate, vasos infantiles y cereales esparcidos.

Para divertirnos lo mejor es dejar de lado la perfección, los convencionalismos y ese patrón estadístico por el que todos tenemos que pasar. Un niño de tres años puede presentar a sus padres o maestros unos garabatos con una gran sonrisa, todos alabarán su obra. En cuanto llegue al colegio, deberán seguir un trazo, usar colores determinados, y así, su imaginación se quedará aplastada por la normalidad. Parte de primaria se ocupará de decirles lo que está bien y lo que está mal, lo que se debe hacer y cómo hacerlo. Para luego llegar a una asignatura de plástica (que con suerte darán en su lengua materna) dónde les pedirá por un lado que copien perfectamente y por otro que creen. Incluso el alumno más creativo se verá observado por sus compañeros y terminará camuflando esa creatividad en la normalidad.

Dejemos a nuestros niños y adolescentes ser ellos mismos, nacemos creativos y con capacidad para divertirnos. Dejemos huecos en su agenda, ¿y si les dejamos que gestionen su agenda?

Imaginemos la vida de un niño que se levanta por la mañana con ganas de ir a la escuela, con ilusión por aprender y estar con sus compañeros. Un niño que tiene a sus padres esperando en la puerta del cole para dar un paseo, sin prisas, mientras se come una pieza de fruta junto a sus hermanos. Tiempo de risas, volteretas, carreras y barro en los zapatos.

Eso quiero para mis hijos, barro en los zapatos.

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